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“El exilio incómodo. México y los refugiados judíos”. Un libro de Daniela Gleizer

Daniela Gleizer, investigadora de la UAM-Cuajimalpa ha publicado  “El exilio incómodo. México y los refugiados judíos”. Por su interés y por ofrecernos un enfoque crítico del problema de la inmigración en México, reproducimos una entrevista con la autora y una generosa reseña de José Woldenberg en la revista Nexos.

Daniela Gleizer,
El exilio incómodo. México y los refugiados judíos 1933-1945,
El Colegio de México/UAM-Cuajimalpa,
México, 2011, 321 pp.

Siempre supe que el flujo migratorio fundamental de los judíos europeos hacia México había sucedido en los años veinte del siglo pasado. Y mucho después me llamó la atención que en los años del ascenso del nazismo, de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto, los refugiados en México resultaran muy escasos. Hoy, gracias al libro de Daniela Gleizer, tengo una respuesta y la misma no es agradable.

Estamos frente a un trabajo exhaustivo, meticuloso, fino. A través del rastreo en archivos y apoyado en fuentes secundarias Daniela Gleizer logra una reconstrucción fiel de la política mexicana en relación a los exiliados judíos víctimas del totalitarismo nazi. Se trata de un auténtico esfuerzo de recuperación histórica que solamente puede hacerse con paciencia y trabajo. Paciencia para ubicar y explorar archivos que durante mucho tiempo se han mantenido inmaculados y trabajo para encontrar y reproducir la lógica de los acontecimientos de los que los diversos testimonios dan fe.

El libro tiene una estructura clara y secuencial. Es una reconstrucción que avanza con los años tratando de descifrar y documentar la zigzagueante política mexicana en relación a uno de los dramas más angustiantes y devastadores del siglo XX: la política de exterminio hacia los judíos. Una tragedia que adquirió tintes demoníacos porque además no hubo suficientes lugares de refugio que pudieran acoger a quienes estaban condenados a muerte. Viviane Forrester escribió: “Durante los tres años y medio en que Estados Unidos estuvo en guerra, de 1941 a 1945, no fueron acogidos más de 21 mil refugiados judíos, o sea, el 10% del contingente autorizado, que ya era muy bajo”.*

Pero constatar que ello aconteció no debe ser una excusa para analizar lo que sucedió en México. Y Gleizer nos ofrece un mural detallado de la forma en que actuaron las diferentes instituciones estatales, incluyendo sus tensiones y conflictos; las organizaciones de la entonces innombrada sociedad civil —tanto las solidarias con los reclamos judíos como las de marcado carácter antisemita—, y las de la propia comunidad judía mexicana y las organizaciones estadunidenses e internacionales que tomaron carta en el asunto.

México en esos años adquirió un merecido prestigio internacional gracias al generoso refugio que el gobierno de Lázaro Cárdenas dio a los españoles republicanos. No obstante, la eventual llegada de refugiados judíos se topó con una serie de obstáculos que abarcan desde una ideología que los contemplaba como elementos inasimilables hasta diversas disposiciones legales y administrativas que los veían con recelo.

Daniela Gleizer da un papel preponderante a lo que llama el nacionalismo revolucionario y a su idea del mestizaje. Creo que cualquier doctrina con tintes raciales puede evolucionar hacia lo peor. Pero tengo la impresión que la idea del mestizaje tuvo en sus orígenes un carácter progresista e incluso universalista. De cara a la sociedad estamentada que México heredó de la larga etapa colonial, el mestizaje pregonaba la mezcla, la fusión, la revoltura de los dos troncos fundamentales que habrían de crear eso que llamamos “lo mexicano”: indios y españoles. Por supuesto que esa misma idea, con el transcurso del tiempo, pudo convertirse en un dique no solamente a la aceptación de otros componentes, sino en un férreo obstáculo a la construcción de una ciudadanía de carácter moderno: aquella que más allá de sexo, religión, color de la piel, antecedentes históricos, etcétera, reconoce que todos los nacidos en un determinado país, por ese solo hecho, son ciudadanos con plenos derechos.

Luego de leer su libro lo que realmente seguía gravitando en el imaginario de las elites políticas y no sólo de ellas, era si un flujo migratorio como el de los judíos era “asimilable”.

El tema de la asimilación es espinoso. Tradicionalmente se ha repetido una tipología de la forma en que los migrantes se incorporan a su nuevo entorno. La asimilación consiste en una integración absoluta en la cual los signos de identidad previos prácticamente pierden sustancia y significado. Se habla de integración cuando lo fundamental de la vida del migrante transcurre en los marcos y bajo las pautas de la nueva sociedad, aunque el mismo guarde y preserve algunos signos de identidad. Y de segregación, “no asimilación o no integración” cuando los migrantes forman un mundo separado al de la sociedad que los acoge y reproducen a escala las instituciones, normas y conductas de su entorno de origen. Y estoy convencido que la variable fundamental de cualquier flujo migratorio es el tiempo. Obligar de manera compulsiva a la asimilación e incluso a la integración no tiene demasiado sentido. El tiempo suele hacer su trabajo y silenciosamente los hijos y nietos y bisnietos de los migrantes originales empiezan a integrarse primero y luego a asimilarse en el país de recepción. Y si no sucediera, tampoco alcanzo a ver un problema. Y ello es así, porque más allá del particularismo que tiñe y modula al género humano, sigo pensando en la universalidad del mismo.

Cierto, hay de barreras a barreras. El idioma, los “usos y costumbres”, los credos religiosos, pueden facilitar o retrasar los procesos de integración. Pero es el tiempo el factor fundamental. Suele suceder que el migrante guarda y reproduce los usos y costumbres de su lugar de origen y que su vida tiene un cierto halo de melancolía por aquello que quedó atrás. Y no creo que pueda suceder de otra manera. No obstante, suele pasar que sus descendientes paulatinamente se integran o asimilan al nuevo entorno. Explotar la idea de la imposibilidad de asimilación de un determinado grupo social, como por cierto lo hizo Samuel P. Huntington en relación a la migración mexicana hacia Estados Unidos, no es más que fruto de un prejuicio: el que supone que los particularismos que forjan la historia y la geografía son superiores al tronco universal del género humano.

El libro de Daniela Gleizer recrea una política marcada por normas generales, circulares confidenciales (como la 154 emitida por la Secretaría de Gobernación en abril de 1934 que prohibía la entrada al país de judíos y que después fue derogada), proyectos específicos (de colonización o de migración de grupos determinados) y corrupción. Las normas que derivaban en cuotas por país resultaban restrictivas para los judíos, pero las circulares confidenciales incluso angostaban aún más las posibilidades si no es que las impedían de plano. A pesar de ello se generaron algunos proyectos que lograron que llegaran a las costas del país algunos cientos de refugiados y otro tanto logró la corrupción de las autoridades migratorias. Al leer las vicisitudes de los esfuerzos por lograr que México diera asilo a los judíos perseguidos, aparece develada una cara del país que hasta la fecha no hemos logrado enderezar. Leyes, disposiciones administrativas, prácticas, proyectos, corrupción, se anudan de tal forma que la discrecionalidad de la autoridad puede reinar por encima de las mismas.

De los cerca de 100 mil refugiados judíos que llegaron a los países de América Latina en aquellas fechas, sólo alrededor de mil 800 desembarcaron en México. Argentina (45 mil), Brasil (23 mil 500), Bolivia (20 mil), y otros fueron más abiertos y generosos. Y El exilio incómodo lo que trata y logra es explicar la reserva mexicana. Ni siquiera en su momento se trató de una novedad. Por medio de distintas circulares confidenciales que emitió la Secretaría de Gobernación “se prohibió la inmigración china en 1921, la india en 1923, la de poblaciones negras en 1924, la de gitanos en 1926; mientras que las poblaciones de origen árabe fueron objeto de varias limitaciones a partir de 1927; la inmigración polaca y rusa se prohibió en 1929 y la húngara en 1931” (p. 43). De tal suerte que la selectividad y el prejuicio no eran nuevos. Lo inédito era el proyecto de exterminio puesto en marcha por el régimen de Adolfo Hitler.

El libro desarrolla con maestría lo que yo llamaría el laberinto de las definiciones administrativas y las declaraciones políticas. México estuvo abierto a recibir “refugiados o exiliados políticos”, pero los perseguidos por motivos “raciales o religiosos” eran considerados inmigrantes; y los judíos que huían del régimen de Hitler en un principio fueron tasados como “inmigrantes no políticos” y no como “refugiados”. Se podría escribir un tratado sobre cómo el nominalismo crea y recrea realidades que paulatinamente se escinden de eso que llamamos “realidad”. Y cuando uno se pregunta por la insensibilidad de los circuitos burocráticos —ver Kafka— uno puede encontrar algunas pistas en esa larga tradición de hacer tipologías frías, cerradas, lógicas, implacables. En el mismo sentido puede observarse el artículo 1 de las “Tablas diferenciales” de fines de 1938, donde se establecía que “los extranjeros que hayan perdido su nacionalidad y los apátridas sólo se admitirán en casos excepcionales…”, cuando precisamente a partir de 1935 los judíos alemanes habían perdido su derecho a la ciudadanía.

En ese clima merecen ser rescatados los esfuerzos personales de funcionarios mexicanos que entendieron la gravedad de los acontecimientos y quisieron y lograron —en alguna medida— salvar vidas. Es el caso de Juan Manuel Álvarez del Castillo, embajador de México en Lisboa, quien otorgó visas de tránsito a varias decenas de personas “por ser perseguidos de los alemanes” y que se embarcaron en el vapor portugués Quanza. Por desgracia, muchos de ellos no pudieron desembarcar en Veracruz porque la Secretaría de Gobernación argumentó que la delegación mexicana en Portugal no había recabado su autorización. Leer la argumentación de Álvarez del Castillo sigue siendo emocionante: una defensa de principios y una empatía con los débiles.

Lo mismo puede decirse de Gilberto Bosques que estableció el consulado general de México en París, y a raíz de la invasión alemana a Francia lo trasladó a Marsella. Bosques se convirtió en un auténtico protector de refugiados: documentó a cientos, permitiéndoles salir de los campos de concentración donde se encontraban recluidos, facilitó la llegada a México de exiliados políticos alemanes y en el caso de los judíos “escondió a algunas personas, documentó a otras y dio facilidades para salir de Francia”. Incluso “propuso a la Secretaría de Relaciones Exteriores la ruptura de relaciones con Francia debido a las persecuciones de que eran objeto los judíos en Vichy” (p. 198).

En fin, un libro que proyecta luz sobre un dramático episodio —el adjetivo siempre se queda corto— que no merece el olvido. Una reconstrucción histórica que debe y puede hacernos reflexionar no solamente sobre el derecho de asilo y sus vicisitudes, sino sobre lo que es y queremos que sea la solidaridad internacional en caso de situaciones extremas de persecución e incluso de exterminio.

Fuente: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2102598

Entrevista realizada a Daniela Gleizer por “Enlace Judío”

Daniela ¿puedes presentarte y mencionar tu trayectoria?

Daniela Gleiser: Estudié la licenciatura de Historia en la UNAM y la Maestría y el Doctorado en el Colegio de México, actualmente trabajo en la UAM Cuajimalpa en el puesto de humanidades y también coordino la licenciatura en Humanidades.

Me he dedicado al tema del exilio desde hace muchos años porque fue también el tema que escogí para mi tesis de licenciatura y este libro es el resultado de mi tesis de doctorado, retrabajada, no es que sea una publicación de mi tesis de doctorado, se hicieron algunos cambios para que no sea tan académico y pueda llegar al público en general.

EJ: “El exilio incómodo”, ¿por qué incómodo?

DG: Porque el gobierno mexicano tuvo muchas dificultades para hacer frente a estas solicitudes de asilo que empezaron a llegar a México aproximadamente desde 1937, no desde comienzos del Nazismo. Hay que entender que los países latinoamericanos al principio no eran vistos como una opción ideal, se prefería ir a los Estados Unidos o a los países limítrofes, pero después, sobretodo a partir de 1938 cuando ya el huir era ya una urgencia y no una opción, empezaron a salir estas opciones y Latinoamérica empezó a ser un atractivo porque hasta la década de los 20´s había sido países abiertos a la inmigración. Incómodo porque el gobierno mexicano tuvo muchas dificultades, primero para darles una categoría a estos refugiados, no se hablaba de refugiados, se hablaba de inmigrantes, es decir, gente de la que se desconoce su calidad de perseguidos, no son vistos como gente que está en peligro ni gente que necesita asilo porque corre peligro, al principio no se entendía que sí se corría un peligro de muerte, ya cuando se confirman los rumores sobre la solución final, se entiende que era cuestión de vida o muerte la salvación de estas personas. Estamos hablando del año 1942.

El tema del salvamento de las personas del Holocausto, es un tema que ha cobrado gran importancia, porque el cierre de fronteras de los demás países frente a los refugiados que buscaban huir del destino que les esperaba dentro del Nazismo, es uno de los factores explicativos del por qué murió tanta gente. Si los países hubieran tenido una política de puertas abiertas, hubiera salido muchísima gente de Alemania. Hay, incluso, un autor que dice que Hitler no hubiera podido llevar a cabo sus planes si la mitad de Alemania estaba en el exilio: es un factor importante para entender por qué no se salvó más gente.

EJ: ¿Cuál era la posición del Estado Mexicano?

DG: Bueno, tenemos acá un periodo que abarca digamos el gobierno de Lázaro Cardenas entre 1934 y 1940 y su sucesor, Ávila Camacho, que estuvo entre 1940 y 1946. Básicamente hay continuidad, no hay una ruptura importante, aunque en el gobierno de Ávila Camacho hay más corrupción. Cuando empiezan a llegar en el gobierno de Cárdenas las solicitudes de asilo y empiezan a ser rechazadas, lo que tenemos es una Secretaría de Gobernación, particularmente el Secretario de Gobernación, Ignacio García Téllez, con una posición muy contraria a la entrada de refugiados judíos e incluso de otros grupos, con esta idea de que había que preservar o salvaguardar el mestizaje nacional y no admitían a aquellos extranjeros que eran considerados no asimilables a la nacionalidad mexicana.

Éste es un factor muy muy importante para entender los hechos, porque ya desde fines de la década de los 20 y sobre todo durante los 30, aparecieron una serie de circulares confidenciales, circulares en donde se iba prohibiendo la entrada de ciertos grupos étnicos y nacionales al país. Los primeros a los que se aplicó esto fue hacia la población china; después, se prohíbe la entrada de gitanos, después la entrada de negros y esta lista va creciendo- hasta que, en 1934, el último grupo que se agrega son los judíos. Lo interesante en este caso es que, en esta circular, son considerados los más indeseables de todos; por tanto la inmigración judía en México se prohíbe en 1934.

Cuando encontramos estos documentos sobre la prohibición de la inmigración judía, pues nos preguntamos si en realidad se implementaron estas órdenes, porque hay documentos que no llegan a cumplirse. Efectivamente, estos documentos sí tuvieron vigencia, esta circular fue enviada a todos los cónsules de México en el extranjero. Como tal, los cónsules debieron acatar las órdenes, y para saber a quién permitir la entrada y a quiénes no, había que preguntarles a todos cuál es su nacionalidad, cuál es su raza, su subraza, etc.

Éste fue un momento en que la teoría racial estaba muy en boga: la idea de que había razas superiores. En función de esto la Secretaría de Gobernación determina que algunos grupos eran considerados de inmigración no deseable y que por lo tanto no había que permitirles la entrada. Los judíos no fueron los únicos; sin embargo, fueron los únicos que necesitaron asilo, fueron los únicos que atravesaron un proceso de persecución masiva, fueron los únicos que llamaron a las puertas en este sentido.

El otro gran caso con el que se podría comparar es con los republicanos en la guerra civil española que también necesitaron asilo: en este caso, el gobierno de Cárdenas se organizó para mandarlos traer. De hecho Gilberto Bosques a eso va, a Marsella: a organizar la llegada de refugiados españoles. ¿Por qué los refugiados españoles sí y los judíos no? Bueno, en primera instancia hay una posición de afinidad política entre el régimen de Cárdenas y la República Española. Cárdenas siente que la República tiene que se apoyada y una vez que pierden los republicanos, tratando de salvar a los refugiados españoles que estaban en campos francés, por afinidad política, son considerados asilados políticos, a diferencia de los judíos, esto implica que merecen ser salvados y luego pues porque entran perfectamente bien dentro del mestizaje, o sea son considerados inmigración deseada.

Finalmente, México recibe entre 1,800 y 2,200 refugiados judíos, por lo que entonces su política de puertas cerradas fue muy cerrada. Estas 2,000 personas llegan porque tenían familiares en México y la ley permitía inmigrar a quienes tenían parientes aquí en México. Se dieron muchos casos de corrupción, donde la gente pagaba por entrar en los puertos, hubo venta de visas, etc. Cárdenas sí le dio asilos a exiliados políticos de izquierda, como Trotsky por ejemplo, un grupo reducido de abogados, escritores, etc. que eran judíos, eran judíos no identificados, pero eran de origen judío, como por ejemplo Friderich Katz.

Y luego las visas que dio Gilberto Bosques desde Marsella para México, de ellas no tenemos un archivo que diga cuántas visas dio, ya que fue encarcelado en buenas condiciones, era como un arresto domiciliario. Lo que hacía Bosques era dar una especie de documento o salvoconducto que decía que el portador tenía la protección del gobierno mexicano, estos documentos eran muy importantes, porque los alemanes les habían quitado los documentos a los judíos, por lo que era apátridas y como apátridas se les complicaba mucho más pode moverse, con estos documentos se pudieron sacar muchos judíos de campos de concentración y para que se pudieran mover en Europa.

EJ: Pero Bosques no sólo ayudó a judíos.

DG: No, en realidad lo que hizo Bosques era para los refugiados españoles y, como parte de esta misión, dio visas a algunos judíos.

EJ: Dices que hay otra persona más que debe ser reconocida.

DG: Sí, es el Ministro de México en Lisboa, no era embajador, una especie de cónsul, ahí dio visas para un barco que se llamó El Cuansa, era gente que venía a México en calidad de tránsito, pero a medida que iba avanzando la guerra, había menos rutas marítimas por lo que tenían que pasar por México para llegar a sus destinos en Latinoamérica, cuando llega el barco a Veracruz en 1940, el Secretario García Téllez no deja bajar a la gente, el barco finalmente va a los Estados Unidos y ahí se inicia un juicio a la compañía naviera y ganan el juicio. Se manda llamar a Álvarez del Castillo, pero no puede venir porque no hay barcos, por lo que envía una carta a Cárdenas, donde dice que creía “que al darles visas a estas personas se estaba interpretando la actitud humanitaria del Señor Presidente”. Lisboa era un puerto donde podían llegar los refugiados y podían salir a América porque era neutral y que el ministro no supiera cuáles eran las órdenes en México, es un indicio de la confusión que rodea esta historia. Él defiende a los refugiados, la gente le agradecía las visas y su trato, y en la misma carta, muy emotiva, decía que la gente no iba a tener dinero para comprar otro pasaje e irse a otro lado, era una defensa directa sobre los refugiados judíos.

EJ: ¿Qué sucede con la memoria de la Comunidad Judía en México, es una memoria selectiva?

GD: Es una pregunta muy interesante y es un tema para reflexionar todavía profundamente. Aquí teníamos una política de puertas cerradas y el Comité Central de la Comunidad Judía que se creó en 1938, estaba perfectamente consciente de ella, era un grupo muy pequeño que hizo muchos esfuerzos hacia el gobierno para cambiar esta política y las organizaciones judías internacionales también sabían y estaban a punto de descartar a México como una opción.

Posteriormente hay un proyecto para traer niños huérfanos de campos de concentración que serían adoptados por lo judíos de México, no todos los judíos estaban involucrados pero algunos de ellos. Entonces la memoria de las puertas cerradas se fue olvidando poco a poco, en estos 70 años, mi hipótesis es que se perdió muy rápido, y en realidad lo que recuerda la Comunidad Judía actualmente en términos generales son unas puertas abiertas, un país que fue generosos frente a la suerte de los refugiados judíos y lo vemos en un sin fin de eventos, actos oficiales, discursos etc. La primera que se hizo esta pregunta fue la socióloga Judith Boxer, ¿qué pasa con la memoria tanto del gobierno como de la Comunidad? Así como el gobierno y la Comunidad, ambos recuerdan que se abrieron las puertas y que fueron generosos.

Fuente: http://www.enlacejudio.com/2012/02/03/el-exilio-judio-un-exilio-incomodo-daniela-gleizer-en-enlace-judio/

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