Opinión, Transterrados

Marca España, a costa de los (españoles) residentes en el exterior

Marca España para arriba, Marca España para abajo. Si no fuera porque hay crisis, ese extraño oximorón sería el ‘palabro’ más repetido por los medios de comunicación españoles en los últimos tiempos. Y es que, hacerlo, les conviene…

Técnicamente hablando, la Marca España es la punta del iceberg de la llamada ‘diplomacia pública‘… Esta última consiste en una suerte de diplomacia paralela a la tradicional que suele ser ejercida por medio de la propaganda (vehiculada, por supuesto, a través de los medios de comunicación) y que suele tener por objeto la creación de un lobby que ‘venda’ el país en el exterior y que trabaje a favor de sus intereses.

Para poner en marcha ese proyecto (delineado por Zapatero desde 2009) el Gobierno del PP  piensa apoyarse en un selecto grupo de multinacionales asentadas en España y en medios de comunicación nacionales (que, en esta aventura, pueden haber encontrado un filón que compense la crisis del mercado publicitario). De lo que, en definitiva se trata, es de la privatización de la acción exterior española.

Y sí no, basta con fijarse en un inquietante botón: el lanzamiento de la Marca España ha coincidido en el tiempo con la reducción, en un 50%, de la representación diplomática tradicional de nuestro país y el escamoteo de un tercio de los fondos dedicados a la ciudadanía española en el exterior. No es que no haya fondos, sino que lo que se está haciendo es reorientar los criterios de gasto. Básicamente, en esto consiste la neoliberalización de nuestra política exterior.

El problema es que nada sale gratis. De hecho, estas prácticas, están implicando una reducción considerable, no tanto de los fondos finales destinados a hacer política exterior española, como de los fondos que, España, dedica al exterior (que es muy distinto).  Consecuencia más inmediata: a partir de ahora, las grandes empresas, estarán algo más protegidas fuera de nuestro país gracias al lobby que ejerza la Marca España pero no así los ciudadanos españoles que residimos en el exterior.

De hecho, nosotros, más bien somos los paganos. Si se analizan las cosas con detenimiento resulta irónico constatar como las multinacionales –que no suelen contribuir tanto como suele decirse al desarrollo de los países en los que se instalan– son mimadas por nuestra Diplomacia Pública mientras que nosotros, que tenemos un  enorme potencial en términos de cooperación sobre el terreno (somos estudiantes, trabajadores, pequeños empresarios, etc.) padecemos servicios consulares cada vez más deficientes, una cobertura social ínfima y todo eso por no hablar de toda una serie de derechos -reconocidos en el Estatuto de la Ciudadanía Española en el Exterior– que están siendo convertidos, cada vez más, en papel mojado. Por si nada de lo anterior fuera suficiente, encima, nos dificultan votar.

¿Deberíamos, entonces, estar contentos? ¿Defender la marca de un país que pone a su propia gente entre la espada de la precariedad y la pared de la emigración? Juzguen ustedes…

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